10 de abril de 2013 / 19:48 / hace 5 años

REPORTE ESPECIAL-Brasil repara viejas deudas con los indígenas a un alto costo

* Versión PDF con Fotos, gráfico y video: link.reuters.com/fak37t

Por Caroline Stauffer

MARAIWATSEDE, Brasil, 10 abr (Reuters) - Damião Paridzané tenía nueve años en 1966, cuando la Fuerza Aérea lo subió junto a otros cientos de indígenas Xavante en un avión carguero.

El Gobierno, ansioso por usar las fértiles tierras de la tribu en el centro de Brasil para la agricultura comercial, los desplazó a una nueva reserva a 400 kilómetros de distancia.

Muchos de sus amigos murieron de sarampión y otros acabaron peleando con tribus rivales confinadas en el mismo territorio, cuenta Paridzané.

Hoy, casi medio siglo después de ser desalojados, los Xavante están de vuelta. Paridzané es ahora el cacique, deslumbrante en su tocado de plumas verdes y azules. Y esta vez es el “hombre blanco” el que está siendo obligado a irse.

Intentando reparar las injusticias del pasado, el Gobierno de la presidenta Dilma Rousseff sacó del lugar a unos 7.000 granjeros y otros colonos, convirtiendo sus tierras en una reserva para los Xavante.

“Esta es una tierra tradicional”, dijo el cacique Paridzané. “No tiene nada que ver con el hombre blanco, los hacendados o las compañías extranjeras”.

Pero esta no es una historia con final feliz. El desalojo dio lugar a violentos choques, los granjeros apelaron ante la Corte Suprema y el pueblo que dejaron atrás está en ruinas.

El conflicto refleja los riesgos de una superpotencia agrícola cuyo gobierno izquierdista está tratando de solucionar siglos de disputas étnicas en tierras de las que emana gran parte de la riqueza de la nación.

Más de 100 años después de que Estados Unidos terminara de delimitar sus reservas indígenas, Brasil es uno de los pocos países de América Latina -incluyendo a Colombia y Panamá- que continúa apartando tierras para los pueblos originarios.

Pero al desplazar a los productores agropecuarios Rousseff está yendo un paso más allá.

Las dimensiones del área en disputa en el caso de los Xavante es de aproximadamente el tamaño de la Ciudad de México, relativamente pequeña frente a la superficie del país. Y Brasil suele proteger los derechos de propiedad de firmas locales y extranjeras.

Pero el sector agrícola teme que este episodio sea el preámbulo de futuros conflictos ante el avance de granjeros y mineros hacia la jungla de la Amazonia, donde algunas tribus todavía no han tenido contacto con el mundo exterior.

Los gobiernos latinoamericanos han tenido dificultades para equilibrar la severa necesidad de desarrollo económico con los derechos de sus comunidades indígenas, que representan alrededor del 10 por ciento de la población de la región.

En los últimos años los indígenas se han vuelto más efectivos a la hora de presionar por sus demandas.

En el 2009, el Gobierno brasileño desalojó a productores de arroz de un área 10 veces mayor que la reserva Xavante -1,68 millones de hectáreas- cerca de la frontera con Venezuela y se la entregó a los dueños originales.

Los enfrentamientos por las tierras en Perú, en tanto, dejaron más de 100 muertos en los últimos años y las protestas indígenas retrasaron proyectos de minería y carreteras en Ecuador y Bolivia.

En otras partes de Brasil, los reclamos de las tribus de la Amazonia demoraron la construcción de unos de los principales proyectos de Rousseff, una gigantesca hidroeléctrica conocida como Belo Monte, y lograron el apoyo de celebridades como el director de “Avatar” James Cameron.

Algunos ven el cierre de un ciclo a medida que los Xavante y sus tierras vuelven a un estado más primitivo.

Seth Garfield, un profesor de la Universidad de Texas en Austin que escribió un libro sobre esta tribu, dijo que era una de las pocas en la región que antes del desalojo no había tenido contacto con descendientes de europeos, lo que volvió el episodio particularmente traumático.

“Es una culminación fascinante”, dijo Garfield.

El ajuste de cuentas históricas, advierten los personeros del sector agrícola, tendrá un impacto para la economía de Brasil, que emergió como uno de los principales exportadores del mundo.

Gilmar Delosbel, el director regional de la cooperativa de soja Aprosoja, dijo que la incertidumbre creada por las disputas podría llevar a los agricultores a pensarlo dos veces antes de adentrarse en nuevas áreas. Y eso, a su vez, podría frustrar la meta de Brasil de reemplazar a Estados Unidos como el mayor productor de soja del mundo.

“Las regiones productoras necesitan que las dejen producir, cultivar alimentos para el mundo y generar riqueza para Brasil”, dijo Delosbel.

GAS LACRIMOGENO, BALAS DE GOMA

El área disputada en Marãiwatsédé, una franja de verde sabana cerca del borde de la Amazonia unos 600 kilómetros al noroeste de Brasilia, es apenas un punto en el mapa del mayor país de América Latina. Sin embargo, los acontecimientos de los últimos seis meses llamaron la atención de toda la nación.

A pedido de los Xavante, el Gobierno demolió muchas de las casas, graneros, escuelas y otros vestigios de los granjeros que habían controlado la zona durante los últimos 50 años.

Los indios usaron rifles para cazar el ganado dejado por los productores. Perros abandonados deambulan entre las ruinas de las edificaciones y los buitres picotean los restos de las vacas muertas.

Un cartel escrito a mano anuncia el nuevo nombre Xavante del único poblado de la zona: “Mõõnipa” en lugar del antiguo nombre en portugués Posto da Mata.

En lo que fue la gasolinera del lugar, cuatro policías montan guardia para prevenir nuevas agresiones de los granjeros desplazados, algunos de los cuales se alzaron en armas para intentar recuperar sus tierras.

Un video grabado recientemente por la policía muestra a tropas federales disparando balas de goma y gases lacrimógenos contra unos 50 productores que intentaban impedir el desalojo de algunas personas.

El espectáculo de las otrora prósperas granjas transformadas en escombros ha horrorizado a los productores agrícolas y a sus poderosos aliados en Brasilia, que temen que se esté sentando un precedente para tomas de tierras en otras partes del país.

LARGA CAMPAÑA

Los esfuerzos para revertir parcialmente la situación del patrimonio indígena fueron gestados durante décadas.

La Constitución brasileña, redactada en 1988 poco después de que el país emergió de una dictadura militar, destacó el derecho de los indígenas a “las tierras que ellos ocuparon tradicionalmente” y dice que el Estado es responsable por “demarcarlas, protegerlas y asegurar el respeto de sus propiedades”.

Los gobiernos democráticos de Brasil aplicaron la ley, apartando un 13 por ciento del territorio nacional para un 0,4 por ciento de la población considerada indígena.

Estados Unidos, por ejemplo, destinó apenas un 2,3 por ciento de su territorio continental a los indígenas, que representan un 0,9 por ciento de la población.

La Funai, el departamento de asuntos indígenas del Gobierno brasileño, comenzó a preparar una propuesta de una nueva reserva Xavante en 1992 y sus planes fueron aprobados en 1998.

Los grupos de presión del sector agrícola, liderados por la influyente senadora Katia Abreu, intentaron bloquear los desalojos cuestionando los límites del territorio indígena.

Pero la Corte Suprema denegó su apelación final en octubre y la Funai comunicó a todos los “intrusos” que tenían un plazo de 30 días para retirarse.

A fines del 2012 la policía y el Ejército fueron enviados a la zona para remover a los granjeros que resistían.

El ganadero Antonio Luiz Pereira y su joven familia quedaron sin tierra ni casa, igual que ocurrió con el cacique Paridzané hace cinco décadas.

Pereira, su esposa y sus tres hijos pasan las noches en catres en el sofocante ambiente de un gimnasio al aire libre de una escuela a unos 40 kilómetros de su antigua casa. Sus pertenencias están en cajas de cartón en el piso, juntando moho.

“Teníamos una linda casa y una buena vida. Y lo perdimos todo”, dice Pereira, sacudiendo la cabeza.

Otros, con más recursos, se mudaron a ciudades grandes para reagruparse. Nunca fueron compensados por sus pérdidas.

Pero unas 270 familias de agricultores como Pereira están en el limbo tras registrarse con el Gobierno y solicitar ser reubicados en otras tierras.

De ellos unas 105 familias, principalmente de bajos recursos, están siendo instaladas en pequeñas parcelas de las inmediaciones.

A Pereira y a otros como él les ofrecieron tierras a unas tres horas de distancia de sus antiguas propiedades, pero para ellos es una zona demasiado seca y arenosa para criar ganado o cultivar, así que continúan esperando una mejor oferta.

Otros emprendieron acciones como bloqueos de carreteras esporádicos que generaron problemas de abastecimiento de combustible y comida en algunas poblaciones de la zona. Un grupo llegó a incendiar un camión que llevaba medicinas y provisiones a la aldea del cacique Paridzané.

CONFLICTO LEGAL

Los brasileños están ahora debatiendo si los ex colonos fueron tratados injustamente.

Paulo Roberto de Azevedo Junior, el coordinador de la oficina regional de la Funai, dice que los granjeros sabían que estaban ocupando un territorio indígena y que sus títulos de propiedad eran falsos.

Pero Pereira y su familia dicen que no tenían motivos para dudar de los documentos que señalan que compraron su rancho en el 2005 por unos 100.000 dólares.

Aunque los límites de la reserva indígena habían sido aprobados en 1998, los productores dicen que eso no justifica su desalojo.

La senadora Abreu, que es presidente de la Confederación de Agricultura y Pecuaria, dice que el verdadero culpable es la falta de “claridad” legal, un asunto frecuente en un país que tuvo seis constituciones en el último siglo.

El problema, dicen los granjeros, es que la Funai está desalojando gente de áreas donde las autoridades locales estimulaban los asentamientos hasta fines de la década de 1990.

También sostienen que la Funai y otras agencias han sido demasiado agresivas a la hora de determinar cuáles son las tierras ancestrales. La naturaleza nómade de muchas de las tribus y la geografía hostil de la Amazonia complicaron aún más las cosas, porque dificulta el mapeo y la demarcación.

“La Funai quiere seguir creando más reservas en áreas que no pertenecen a los indígenas”, dijo Delosbel, el director regional de la cooperativa de soja. “Obviamente queremos que ellos vivan bien (...) pero ya basta”.

El cacique Paridzané prometió a su padre y a su abuelo que recuperaría sus tierras y dice que el proceso es irreversible. Rechazará cualquier pedido de los granjeros de alquilarles sus antiguas parcelas o los intentos del Gobierno de pavimentar una carretera que reduciría el tiempo para transportar los productos de los agricultores a los puertos del nordeste de Brasil.

“La conversación terminó”, dijo ante una asamblea de Xavantes de largas cabelleras, que asentían con la cabeza mientras Paridzané hablaba. “No podemos tener granjeros persiguiendo al cacique y pidiendo estas cosas”.

“BATALLA PERDIDA”

Los Xavante tienen ideas radicalmente diferentes sobre la agricultura y el desarrollo. Quieren que la zona vuelva a significar Marãiwatsédé, o “selva espesa y peligrosa”. Y eso implica abandonar las plantaciones de soja y la cría de ganado con la esperanza de que la naturaleza reconquiste esas áreas.

Pero no todas las trampas de la modernidad serán abandonadas. Es demasiado tarde para eso.

Aunque los Xavante todavía visten sus ropas y pinturas ceremoniales para las celebraciones, hoy la mayoría lleva camisetas de algodón. Los niños piden refrescos a los visitantes.

La aldea principal tiene una iglesia católica y una escuela con clases en lengua xavante y en portugués, que el cacique Paridzané considera importante que los niños aprendan.

Organizaciones no gubernamentales han ayudado a construir casas que parecen cabañas, pero son más resistentes al clima. Y la tribu continuará dependiendo del Gobierno en materia de seguridad.

La Funai alienta a la tribu a volverse económicamente autosuficiente, en parte produciendo maíz y soja orgánica que podrían ser comercializados bajo la marca Marãiwatsédé.

La agencia de asuntos indígenas también planea traer a otros 4.000 Xavantes de otras reservas para hacer viable el asentamiento y espera dejar de proveer alimentos básicos.

“No podemos seguir haciendo eso. No pueden ser tan dependientes. Es patrocinarlos”, dijo Azevedo Junior, el coordinador regional de la Funai.

Y los granjeros temen no haber visto todavía el final de la historia. ¿Su última preocupación? La reserva tiene ahora un foco de roya asiática, una plaga que mata las plantas de soja.

Aprosoja dice que unas 3.000 hectáreas de cultivos abandonados están infectadas con el hongo, lo que pone 341.000 hectáreas de tierras aledañas en riesgo.

“Miles de personas fueron expulsadas de un área que había sido plantada y nosotros nos preocupamos mucho por la situación sanitaria”, dijo Eduardo Godoi, gerente de la poderosa federación de agricultores del estado de Mato Grosso. “Marãiwatsédé es una batalla perdida”. (Editado en español por Esteban Israel, César Illiano y Damián Wroclavsky)

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