19 de abril de 2012 / 19:18 / hace 6 años

REPORTE ESPECIAL-El problema "gringo" de Brasil: sus fronteras

(Versión en PDF: link.reuters.com/fug77s)

Por Brian Winter

CACERES, Brasil, 19 abr (Reuters) - Durante los primeros 500 años de historia de Brasil, casi cualquier cosa que quisiera cruzar sus fronteras podía hacerlo con relativa tranquilidad, ya sea ganado, indígenas o intrépidos exploradores.

Esa era está llegando a su fin.

El crecimiento económico de Brasil está obligando al país a lidiar con un problema considerado por mucho tiempo como una mera preocupación de países ricos como Estados Unidos: sus fronteras. El país ahora necesita reforzarlas para combatir el tráfico de drogas, el ingreso de inmigrantes ilegales y el contrabando en general.

La presidenta Dilma Rousseff, bajo la presión política de una epidemia de “crack” en ciudades brasileñas, está gastando más de 8.000 millones de dólares y revisando la estrategia de defensa de Brasil para abordar un tema que tiene implicaciones en el comercio, la agricultura y toda la economía.

La prosperidad de Brasil ha creado una nueva clase de consumidores con mayor poder adquisitivo. Son decenas de millones de personas que viven justo al lado de los tres mayores productores de cocaína del mundo: Colombia, Bolivia y Perú.

Brasil es actualmente el segundo consumidor mundial de cocaína, sólo detrás de Estados Unidos, de acuerdo a datos gubernamentales del país norteamericano. También es un enorme consumidor de marihuana, éxtasis y otros narcóticos.

El intento de Rousseff por controlar el flujo de narcóticos podría significar grandes cantidades de dinero para compañías que van desde la manufacturera de aviones local Embraer , que planea fabricar una nueva línea de naves no tripuladas para patrullar la frontera, hasta firmas extranjeras como Boeing, Siemens y otras.

Asegurar un área cinco veces más extensa que la frontera entre México y Estados Unidos, que se extiende a través de más de 16.000 kilómetros de jungla amazónica y límites con 10 naciones diferentes, está demostrando ser un gran desafío. También está generando un debate sobre si realmente vale la pena invertir tanto dinero y esfuerzo.

Para Rafael Godoy de Campos Marconi, teniente de la policía en el solitario y remoto puesto de control de los humedales de Pantanal, en el oeste de Brasil, la tarea parece imposible.

La unidad de Marconi es responsable de patrullar un tramo de 200 kilómetros de frontera con Bolivia, desde donde ingresa alrededor del 80 por ciento de la cocaína consumida en Brasil.

En un día cualquiera, Marconi cree que decenas de contrabandistas cruzan a través de su territorio con drogas escondidas dentro de sus zapatos, pantalones y ropa interior.

¿El problema? Marconi usualmente tiene sólo entre 10 y 12 hombres para cubrir todo el territorio. Dos semanas habían pasado desde su última redada.

“¡Oh!, ellos están afuera”, dijo, señalando hacia el horizonte en medio de un abrasador calor y una densa humedad. “Pero somos tan pocos que saben exactamente dónde estamos”, explicó.

Incluso aunque se duplicaran los recursos, sería “muy difícil” controlar una región situada tan profundamente en el interior de Brasil, sostuvo.

Con una sonrisa irónica, mencionó una solución que está en boca de muchos brasileños de la zona.

“Quizás si construimos un muro, como el que tiene Estados Unidos (en la frontera con México)”, dijo. “Tal vez podamos detener a estas personas”, indicó.

Brasil no construirá ningún muro.

Pero está intentando absorber las lecciones de Estados Unidos y apoyarse en Washington para conseguir recursos y asesoría técnica.

El jefe de las fuerzas armadas brasileñas viajó el año pasado a El Paso, Texas, junto a la frontera con México, para reunirse con militares y funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional estadounidense.

El nuevo énfasis de Brasil en sus fronteras y el obvio mensaje escondido que eso trae -el recelo con el que ahora mira a sus vecinos- está comenzando a crear una suerte de resentimiento en Sudamérica que solía estar reservado para cierto país de habla inglesa al norte del continente.

“Me duele decirlo, pero he escuchado a personas decir que somos los nuevos gringos”, dijo Petro Taques, senador del estado de Mato Grosso, que limita con Bolivia.

“Controlar la frontera es un problema que Brasil nunca pensó que tendría que afrontar (...) y nos está obligando a hacer algunas cosas incómodas”, declaró.

No obstante, Taques dijo que mejorar la protección fronteriza es “crucial” para la salud de la economía y la sociedad de Brasil y expresó su frustración porque los resultados no puedan verse más rápido, cuando ha transcurrido más de un año de la asunción de Rousseff a la presidencia.

“Hasta ahora, hemos visto muchos discursos”, comentó. “Pero la gente que vive en la frontera no está viendo suficientes resultados”, manifestó.

UNA FRONTERA INVISIBLE

Hasta hace poco tiempo nadie se tomaba en serio las fronteras de Brasil, ni siquiera sus presidentes.

Fernando Henrique Cardoso escribió en sus memorias una anécdota sobre unas vacaciones en Pantanal como presidente electo en 1994, cuando entró a Bolivia por error.

Junto a su esposa y un guardaespaldas fueron detenidos una hora más tarde por un soldado boliviano armado que les pidió los documentos de identidad. Ninguno los tenía.

“Tomó una buena media hora para explicarle, calmarlo y suplicarle, pero finalmente logramos convencer al soldado boliviano de mi identidad”, recordó Cardoso.

“Nos dijo (...) que éramos las primeras personas a las que había tenido que detener cruzando desde la frontera brasileña y luego se disculpó por si nos había asustado con el arma”, agregó.

Históricamente había pocas razones para reforzar la protección en ambos lados de la frontera. Brasil no ha ido a la guerra con ninguno de sus vecinos desde 1870.

Y durante la mayor parte de su historia, la hiperinflación y la inestabilidad política hicieron que la economía de Brasil fuese similar a la del resto de América del Sur. Por eso, pocas personas llegaban en busca de trabajo.

Todo eso comenzó a cambiar en la época en que Cardoso asumió la presidencia. Las políticas pro-inversión y los programas para reducir la pobreza han convertido al país en representante del cambio en el equilibrio de poder mundial a favor de los mercados emergentes.

Brasil superó a Gran Bretaña el año pasado como la sexta mayor economía del mundo y ahora es más rico que casi todos sus 10 vecinos, medido en ingreso per cápita.

Ese dinamismo, y una moneda inusualmente fuerte, ha atraído a inmigrantes de Sudamérica, que a menudo ganan en Brasil tres o cuatro veces más que en sus países. A julio del 2011 había más de 1,46 millones de extranjeros registrados formalmente en Brasil, un incremento del 50 por ciento respecto al año previo.

La masiva llegada de trabajadores extranjeros ha ayudado a aliviar un déficit de mano de obra calificada, mientras que la tasa de desempleo de Brasil toca mínimos históricos.

Pero también está empezando a causar malestar, sobre todo entre los sindicatos que forman la base política de Rousseff.

Su Gobierno prometió endurecer los controles fronterizos y las prácticas de deportación en febrero, después de dar amnistía a más de 4.000 haitianos que habían entrado ilegalmente al país, la mayoría de ellos por la selva amazónica desde Perú.

El número total de inmigrantes indocumentados en Brasil podría llegar a cientos de miles.

“Muchas de estas personas están viniendo en busca de mejores trabajos. Ese es el problema”, dijo Paulo Pereira da Silva, congresista y jefe de Força Sindical, un poderoso gremio de trabajadores.

El descuido de las fronteras también contribuyó a un diluvio de importaciones baratas, que los políticos acusan de dañar la industria local.

“Innumerables” bienes de China y otras partes del mundo han ingresado a Brasil inadvertidos a través de países vecinos, dijo el ministro de Comercio, Fernando Pimentel, en una entrevista.

Dicho esto, el problema más grave -que la presidenta Rousseff enfatizó cuando reveló sus iniciativas fronterizas en junio del 2011- es un aumento en el consumo de drogas y de su inseparable compañero, el crimen organizado.

Sao Paulo y otras grandes ciudades han visto la emergencia de las llamadas “cracolandias” -literalmente “las tierras de crack”- donde cientos de personas errantes se juntan al atardecer a la vista de las autoridades a drogarse.

Los medios de comunicación han conmocionado a la opinión pública al mostrar a mujeres embarazadas y niños de menos de 12 años fumando esa droga.

Los cárteles de drogas controlan porciones de territorio en varias ciudades, incluyendo Río de Janeiro, que será sede de los Juegos Olímpicos del 2016.

La campaña presidencial del 2010 fue sin duda la primera en la historia de Brasil que incluyó el consumo de drogas como un tema clave, presionando a Rousseff a dar respuestas una vez al mando.

“Una de las prioridades para (Rousseff), volviendo a la campaña, es el tema del combate de la violencia y las drogas”, dijo el ministro de Justicia, José Eduardo Cardozo, en una entrevista. “Controlar las fronteras es una parte fundamental de esa estrategia”, agregó.

“ESTO ES UNA VERGÜENZA”

En el terreno, sin embargo, el cambio ha sido lento.

En su puesto ubicado a 50 kilómetros al oeste de la ciudad de Cáceres, el teniente Marconi y sus compañeros policías viven en pequeños ranchos de metal.

Pollos deambulan por el lugar y hombres con sombreros de vaquero que avanzan lentamente en sus bicicletas parecen ajenos a la presencia de la policía.

Pese a ser el único puesto de control policial de envergadura en uno de los mayores corredores de narcotráfico, no hay una máquina de rayos X o escáneres para detectar narcóticos en los vehículos.

Para las inspecciones, los autos se suben a una frágil plataforma de madera y rara vez se despliegan perros detectores de droga, dijo Marconi.

“Esto es una vergüenza”, sostuvo Mauro Zaque, un fiscal estatal que visitó el lugar. “Usted no me puede decir que el Estado no tiene 2 millones de reales (unos 1,1 millones de dólares) para colocar un complejo decente aquí. Lo que falta es voluntad política”, agregó.

La frontera real está a unos 32 kilómetros de distancia. Eso llevó a un visitante a preguntar: “¿No pueden los traficantes simplemente evitar el puesto?”.

Marconi hizo una mueca. “Sí, parece que muchos de ellos hacen eso”, reconoció.

Las autoridades en la región de Pantanal han detectado incontables “autopistas clandestinas”: rutas despejadas para que los traficantes burlen los puestos de control.

Especialmente escurridizo es el silencioso ejército de “mulas” que cruzan desde Bolivia a pie, generalmente de noche, y dejan su carga en estaciones en el camino de manera encubierta para que otros la puedan llevar hasta las ciudades brasileñas.

Una tarde, patrullando la zona, Marconi vio agujeros en las vallas de las granjas por donde dijo que pasan los traficantes.

La frontera en sí misma está tan mal marcada que Marconi a veces no sabe exactamente dónde ha estado y varias veces cruzó en lugares que pudieron haber sido o no parte de Bolivia. “No debemos permanecer aquí mucho tiempo”, dijo en un momento.

Esta es una región muy fácil de controlar en relación a los estándares brasileños: es plana y tiene pocos árboles.

Por el contrario, cerca de 9.656 kilómetros de la frontera brasileña -o el 60 por ciento del total- están formados por ríos que desembocan desde los países vecinos, generalmente a través de una densa selva, lo que facilita el trabajo de los traficantes.

Rousseff y sus principales funcionarios dicen que están conscientes de los obstáculos que enfrentan.

“No podemos tener esta visión obsoleta de que vamos a lograr esto colocando a un puñado de hombres en una línea para proteger 16.000 kilómetros de frontera”, dijo Rousseff al lanzar la iniciativa el año pasado. “Eso no es posible”, indicó.

Rousseff en cambio se ha centrado en soluciones que aprovechan la mano de obra existente en Brasil.

Una de sus primeras medidas fue expandir el rol de los militares, dándoles esencialmente facultades de policía, como la posibilidad de detener y registrar vehículos en un radio a 150 kilómetros de la frontera.

Ella también ha demandado una plena coordinación entre los militares y las diversas fuerzas policiales, algo que nunca antes había sucedido. Marconi dijo que, en dos años trabajando en la frontera, sólo una vez tuvo contacto con el Ejército.

Informado de esto, el ministro de Justicia Cardozo, que controla a la policía, asintió con la cabeza. “Estamos trabajando en eso”, admitió.

Un nuevo centro de comando conjunto para temas fronterizos fue creado dentro del Ministerio de Defensa. El vicepresidente, Michel Temer, comenzó a encabezar nuevas reuniones regulares entre la policía y los militares, a las que también convoca a funcionarios de medioambiente, comercio y otras áreas.

El nuevo foco representa un giro fundamental para las fuerzas armadas, que gobernaron Brasil hasta 1985 y que desde el retorno de la democracia han tenido un rol incierto, cambiante.

El general José Carlos de Nardi, jefe del Estado Mayor Conjunto de Brasil, colocó una foto de su visita a El Paso al lado de la puerta de su oficina en Brasilia, como un recordatorio de sus nuevas prioridades.

“Es un cambio para nosotros, absolutamente”, dijo Nardi en una entrevista. “Esto va a ser una parte central de nuestra estrategia por décadas”, enfatizó.

SIN SENTIDO

Consciente de los desafíos que enfrentan sus hombres y mujeres en el terreno, De Nardi, Cardozo y otros han concluido que las dos principales claves del éxito de Brasil serán la tecnología y el trabajo de inteligencia.

Una de las herramientas nuevas más eficaces, dicen, son aviones no tripulados capaces de detectar barcos, personas e incluso ganado.

Es además fundamental para proteger a la industria de exportación de carnes de Brasil de 4.000 millones de dólares, la más grande del mundo, de plagas como la de la fiebre aftosa.

Aviones de última generación de la Fuerza Aérea, sistemas de radar en tierra, barcos y otros equipos también podrían adquirirse.

De Nardi dijo que Brasil está empezando a obtener los recursos que necesita, y habrá muchas oportunidades para empresas tanto locales como extranjeras.

“Vamos a necesitar muchas herramientas”, agregó.

El ministro de Justicia dijo que el Gobierno duplicará el número de policías federales en la zona fronteriza para el 2013, obligando en parte a los nuevos miembros de la fuerza a pasar tiempo allí.

Instalaciones como la pequeña unidad de Marconi serán mejoradas y un proyecto de ley será enviado al Congreso para entregar un incentivo salarial especial a los funcionarios que trabajan en la frontera, sostuvo.

Pero el derroche de dinero ha provocado que algunos brasileños se pregunten si esto mejorará las cosas, especialmente respecto a las drogas. Si Estados Unidos, con todos los recursos que la mayor economía del mundo tiene para ofrecer no puede impedir que la cocaína cruce sus fronteras, ¿cómo podría hacerlo Brasil?

Entre los escépticos está el ex presidente Cardoso, quien se ha convertido en uno de los principales críticos en la comunidad internacional de la denominada “guerra contra las drogas”.

Cardoso asegura que, si bien es necesario un mayor grado de seguridad en la frontera por razones económicas y estratégicas, es poco probable que Brasil sea capaz de interponerse en el camino de la enorme demanda de narcóticos.

“No tiene sentido”, dijo Cardoso, quien aboga por la legalización de algunas denominadas drogas blandas como la marihuana.

“La experiencia de América Latina durante los últimos 30 años muestra que la resistencia a estas fuerzas sólo produce más violencia”, agregó.

Efectivamente, Brasil ha incrementado sus esfuerzos al igual que algunos países de la región, que han luchado contra poderosas bandas de narcotraficantes en los últimos años con un enorme costo financiero y humano. Al parecer, algunos están empezando a explorar otras alternativas.

El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, dijo el año pasado que acogería una legalización si esto robaba ingresos al contrabando. Su homólogo mexicano, Felipe Calderón, dio a entender en un discurso en septiembre del 2011 que podría estar abierto a una medida similar.

El coronel Joao Henrique Marinho, quien comanda el Segundo Batallón de Fronteras brasileño en Cáceres, observó que, en la actualidad, los traficantes de la región carecen de la sofisticación o el poder de fuego que tienen los cárteles en México o Colombia.

En cambio, llevan a cabo lo que Marinho describió como una operación “artesanal” que usa contrabandistas y aviones ligeros.

Al ser consultado sobre por qué los traficantes locales no se han organizado al estilo de los cárteles mexicanos, Marinho levantó la ceja y respondió: “¿Será porque no los estamos enfrentando todavía?”

OPERACIONES EN EXTRANJERO

Las preocupaciones sobre los cárteles de drogas son muy parecidas en otros lados de la frontera brasileña.

En la localidad boliviana de San Matías, justo frente a Cáceres, los pobladores afirman en voz baja que han sido testigos de un alarmante aumento en el número de delincuentes en el último año. Pero los chicos malos, dicen, son los brasileños.

“Son los brasileños los que controlan las cosas acá”, dijo José Contreras, dueño de una tienda local, haciendo el gesto de un disparo con su dedo índice.

“Usted sabe, los brasileños culpan a los bolivianos por todo, pero ellos son los que roban y matan”, afirmó. “Ellos usan esto como una base”, comentó. “Esto está empeorando”, insistió.

El ministro de Justicia reconoció que existen recelos ante la estrategia del Gobierno, además de posibles riesgos. Pero dijo que Brasil seguirá adelante.

Rousseff ha descartado la legalización de las drogas y dijo en el 2010 a la revista Rolling Stone que “la sociedad no está preparada para un cambio de esa naturaleza”.

Cardozo destacó que Brasil ya ha intentado un enfoque más liberal a la problemática de los narcóticos, con resultados desastrosos, visibles en las “cracolandias”, las favelas controladas por criminales y en muchas otras situaciones que vive el país.

Al ser consultado sobre cómo podría tener éxito Brasil en un tema donde Estados Unidos afronta duras batallas, el ministro Cardozo dijo que la clave es “tener una relación con esos países (productores), a fin de que el tema pueda ser atacado en sus propios territorios”.

Para ello, Brasil está comenzando a involucrarse en prácticas que se parecen mucho a lo que Washington ha estado haciendo en Latinoamérica durante décadas.

Cardozo dijo que agentes federales brasileños viajaron a Paraguay el año pasado y destruyeron plantaciones de marihuana con el permiso de las autoridades locales.

El ministro afirmó que en agosto del 2011 se llevó a cabo un programa similar en territorio peruano para erradicar plantaciones de coca.

También mencionó un nuevo acuerdo de cooperación entre Estados Unidos, Brasil y Bolivia, bajo el cual las autoridades brasileñas ofrecerán entrenamiento y equipos a sus contrapartes bolivianos con el propósito de combatir el narcotráfico en su territorios.

Felipe Cáceres, viceministro de Defensa Social de Bolivia, dijo que el acuerdo ayudaría a proveer a su país -el más pobre de Sudamérica- de “apoyo logístico para cubrir nuestra extensa geografía”.

Cardozo destacó lo que describió como progresos significativos desde el lanzamiento del plan fronterizo.

Desde junio del 2011 a febrero del 2012, las fuerzas de seguridad brasileñas incautaron 123 toneladas de marihuana y 17 toneladas de cocaína en operativos conjuntos en la frontera, según datos del Ministerio de Justicia.

Más de 5.500 personas fueron enviadas a prisión como resultado.

Las incautaciones también incluyen autos robados, armas de fuego, municiones, material explosivo y cientos de miles de dólares en mercancías de contrabando que de otro modo habrían ingresado al territorio de Brasil.

“Es un buen comienzo y esto es muy importante para proteger a todos los sectores de nuestra economía”, dijo el ministro de Comercio, Pimentel.

En el terreno, algunos tienen la misma esperanza.

Augusto Cesar do Borges, un funcionario de la agencia de supervisión agrícola INDEA, se ocupa de un nuevo y pequeño puesto de control con aire acondicionado en la frontera frente a San Matías, que básicamente requisa a los vehículos que cruzan por ese lugar en busca de bienes de contrabando.

Antes del 2007 no había presencia estatal en el sector y “cualquier cosa podía entrar” a Brasil, dijo.

“Todo esto es nuevo para nosotros y está mejorando”, sostuvo Borges. “Ahora sólo necesitamos más herramientas”, agregó.

¿Como cuáles?

“No lo sé”, contestó con una amplia sonrisa “Tal vez un muro”, concluyó. (Reporte adicional de Alice Pereira, Nacho Doce y Jeferson Ribeiro en Brasilia. Editado en español por Marion Giraldo, Rodrigo Charme y Silene Ramírez)

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