25 de junio de 2015 / 18:39 / en 2 años

BREAKINGVIEWS-Lo que enseña Argentina sobre Grecia

(El autor es un columnista invitado de Reuters Breakingviews. Sus opiniones son personales)

Por Fernando Fernández

MADRID, 25 jun (Reuters Breakingviews) - Grecia en 2015 se parece demasiado a Argentina en 2001. La historia sudamericana acabó mal, a pesar del ingenio de economistas muy inteligentes.

En Argentina, el peso estaba ligado formalmente al dólar. Se suponía que una ley protegería la convertibilidad en una tasa fija de un peso por un dólar. Pero las altas tasas de inflación argentinas lo hicieron insostenible. Los residentes se dieron cuenta de que el peso estaba sobrevalorado y se lanzaron a hacer acopio de dólares.

La devaluación fue inevitable, pero las autoridades no querían una caída sin control de la moneda. Domingo Cavallo, el ministro de Economía formado en Harvard detrás de la tasa cambiaria fija, pensó que el problema podía ser maquillado.

Propuso un cambio en la tasa fija desde una paridad pura con el dólar a algo determinado por el comercio exterior. Cavallo esperaba que el cambio aliviaría la recesión, inyectaría capital y restauraría el crecimiento en un país que era sobre todo un gran exportador de materias primas.

Inevitablemente, el plan falló. No ralentizó la fuga de depósitos bancarios en pesos a nivel local, porque la gente había perdido la confianza en la ley de convertibilidad y ningún truco contable la restauraría. Los inversores internacionales habían perdido también la fe y no estaban impresionados con el nuevo plan. El capital siguió saliendo del país.

Finalmente, Cavallo impuso un "corralito", un congelamiento al retiro de depósitos. Esto también fracasó. El Gobierno de Argentina acabó incurriendo en impagos con sus acreedores foráneos y locales, incluidos sus propios fondos de pensiones.

El país cayó en un caos económico, social y político. Pasaron varios años de miseria, una gran devaluación del peso y un auge sustancial de las materias primas antes de volver al crecimiento.

Esos días no dejan de volver a mi mente cuando leo a bienintencionados y sofisticados economistas que piensan que hay alguna treta financiera que puede acabar con el problema griego sin incidentes.

Por ejemplo, Hans-Werner Sinn, director del distinguido instituto alemán IFO, que propuso una suspensión temporal de la tasa cambiaria irreversible entre el euro griego y el de otros países. Entonces habría una devaluación importante, seguida de una cierta recuperación económica, con Grecia volviendo a la unión monetaria en una fecha posterior indefinida.

Eso es muy poco realista. Una unión monetaria no puede sobrevivir si tanto el banco central como un estado miembro tienen derecho a declarar un tiempo muerto para permitir que las fuerzas del mercado reajusten la paridad.

Incluso con la mejor voluntad del mundo, o si Grecia fuera a recibir apoyo sustancial de la Unión Europea durante su periodo fuera del euro, la idea equivale a una invitación abierta a los especuladores.

Unas vacaciones en la tasa cambiaria conducirían de forma inevitable a un carrusel de devaluaciones y tasas supuestamente fijas, sin beneficiar a nadie.

Willem Buiter de Citigroup ofreció su propio esquema inteligente el 21 de junio. Su objetivo es hacer varias cosas a la vez: dejar que Grecia entre en default, evitar que los prestamistas oficiales reconozcan pérdidas, mantener a Grecia en la zona euro y dar al Gobierno griego total soberanía sobre políticas fiscales y estructurales.

Solo un abogado o un economista podrían proponer algo tan enrevesado. El Mecanismo Europeo de Estabilidad compra deuda griega no querida y declara una moratoria indefinida en las obligaciones de pago de la deuda soberana. El Banco Central Europeo deja de aceptar papeles del Gobierno griego como colateral. En su lugar, recapitaliza directamente a los bancos del país, pero solo a los que son solventes.

El plan corta el lazo directo entre un programa impuesto externamente, un default soberano y la unión monetaria.

No obstante, no puede cambiar la mente de los acreedores, tanto extranjeros como locales. Si el Gobierno griego lleva a cabo políticas económicas irresponsables, sean fiscales o estructurales, el plan separará también al país del euro. Como en Argentina, los fondos huirán de una moneda considerada no digna de confianza.

Buiter tiene razón en una cosa. Ha llegado el momento de abandonar las ilusiones financieras. En realidad, Grecia está pasando una crisis al estilo argentino, con una paralización repentina de la entrada de capital, pánico bancario a nivel doméstico y una amplia desconfianza en las políticas económicas del Gobierno. Eso es insostenible.

El país se está convirtiendo rápidamente en una economía que depende del efectivo. Y seguirá yendo en esa dirección mientras haya dinero disponible. El BCE hace esto posible al respaldar la liquidez de los bancos. Mientras los consumidores puedan sacar euros y transferir depósitos a tierras más seguras, lo seguirán haciendo.

El final está claro, salvo un milagro económico. Los préstamos a Grecia, sin importar las concesiones que hagan en sus cláusulas, deberán ser convertidos en donaciones. Será el equivalente a una gran transferencia de riqueza, un caso de ayuda foránea a un país de ingresos medios. El milagro ahorrador sería suficiente para que una reforma económica griega produzca un crecimiento extraordinariamente alto, una vez que se retiren las supuestas cadenas de austeridad fiscal.

Parece que los gobiernos europeos decidirán creer una vez más en milagros. Pero el próximo acuerdo, si se llega, provendrá más de un miedo al contagio, político o de otra naturaleza, que de una confianza en su lógica económica.

No hay más razones para confiar en el actual Gobierno griego que en las autoridades argentinas 14 años atrás. Y no hay razón para creer que las instituciones europeas guiarán la política económica en Grecia una vez que se descubra el engaño de los griegos.

* Fernando Fernández es profesor en el IE Business School de Madrid. (Editado en español por Carlos Serrano)

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