10 de mayo de 2012 / 20:24 / hace 5 años

REPORTE ESPECIAL-Pequeños capitalistas de Cuba abren sus puertas

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* Miles de cubanos ya iniciaron negocios privados

* Reformas del Gobierno buscan apuntalar economía y retener el poder

Por Jeff Franks

LA HABANA 10 may (Reuters) - Cuando Ojacy Curbello y su esposo abrieron un restaurante en su casa de La Habana a fines de diciembre, no llegó ni un solo cliente.

Fue un debut decepcionante para Bollywood, el primer restaurante de comida india en la capital cubana, y Curbello temía que su sueño de sacar provecho de las reformas económicas impulsadas por el Gobierno comunista se derrumbara.

Pero se corrió la voz, los clientes comenzaron a llegar y en poco tiempo el lugar estaba lleno. Desde entonces, muchas noches debieron rechazar gente o atender comensales en la mesa familiar, y terminaron contratando a más personas.

Ahora planean aumentar la capacidad de su local a 22 lugares y están ampliando su casa construida en la década de 1950 para agregar mesas y un bar en donde tienen su dormitorio.

“Es increíble lo rápido que ha despegado”, dijo una sorprendida Curbello sentada junto a su marido Cedric Fernández, un londinense de ascendencia ceilandesa, en una sala decorada con grabados de la India.

La historia de Bollywood muestra cómo la vida está cambiando lentamente en Cuba desde que el presidente Raúl Castro puso en marcha una serie de limitadas reformas económicas en el 2010.

Luego de que su hermano mayor Fidel renunciara a la presidencia hace cuatro años por motivos de salud, Raúl comenzó a fomentar en Cuba la autogestión privada.

También introdujo cambios en sectores reservados previamente al Estado o que operaban ilegalmente en el vasto mercado negro.

Raúl Castro ha dado a los cubanos el derecho, con algunas restricciones, a comprar y vender casas y autos por primera vez desde la revolución de 1959.

Quienes aspiran a ser agricultores pueden arrendar la tierra al Gobierno. A los pequeños emprendedores se les permite hacer contratos con empresas estatales y gobiernos locales.

Como resultado, cada vez más cubanos están iniciando sus propios negocios mientras el Gobierno, ávido de dinero, recorta el gasto público y aumenta los impuestos.

Los trabajadores privados, conocidos en la isla caribeña como “cuentapropistas”, venden alimentos, ofrecen servicios y variados bienes en sus hogares o en mesas ubicadas en las aceras.

Además, están abriendo nuevos restaurantes y los pregones de los vendedores ambulantes, algo muy común antes de la revolución, vuelven a sonar en los barrios.

Cifras oficiales indican que ya hay más de 371.000 cuentapropistas, frente a los 157.000 que existían antes de que Castro diera luz verde a la iniciativa privada en septiembre del 2010.

El ministro de Economía, Adel Yzquierdo Rodríguez, aseguró que este año se crearán hasta 240.000 nuevos puestos de trabajo no estatales.

Y habrá más cambios.

Esteban Lazo Hernández, un destacado funcionario del Partido Comunista, dijo en abril que en los próximos cinco años cerca del 50 por ciento de la actividad económica de la isla pasará al sector “no estatal”, frente al 5 por ciento actual.

Este proceso, sin embargo, no es una transición al capitalismo y la reforma política no forma parte del plan gubernamental.

Su objetivo es mantener al Partido Comunista en el poder al estimular un sector privado más grande y una burocracia estatal más pequeña y eficiente.

Cuba dice que está desarrollando su propio modelo, como lo hizo China hace 30 años, aunque a una escala mucho más modesta.

¿Funcionará este plan? Esa es una de las grandes incógnitas sobre Cuba.

Entrevistas con una amplia gama de cuentapropistas mostraron una mezcla de éxitos y fracasos. La mayoría dijo que le está yendo lo suficientemente bien como para mantenerse, pero sin grandes mejorías en sus vidas. Pocos dijeron tener un gran éxito y otros ya han dejado el negocio o están pensando en hacerlo.

Alrededor del 25 por ciento de los nuevos emprendimientos han fracasado, según cálculos de economistas locales.

Cuba necesita que el sector privado prospere porque en el futuro el Estado dejará de ofrecer lo que esencialmente ha sido un trabajo seguro.

El Estado emplea cerca del 85 por ciento de los 5,2 millones de trabajadores. El plan propone recortar un millón de puestos para el 2015, con la esperanza de que muchos de los despedidos pasen al sector privado.

CONSERVAR EL PODER

Algunos observadores, sin embargo, creen que Castro está abriendo una caja de Pandora con sus reformas.

Apuntan a que permitir una especie de capitalismo de pequeña escala puede despertar el deseo de la gente a tener más y eso quizás represente una amenaza para el futuro del comunismo en la isla.

Otros sostienen que si los cubanos consiguen ser menos dependientes del Gobierno, serían más reticentes al control social y político.

Es por esa razón que Castro está procediendo con cautela, según Marifeli Pérez-Stable, una cubano estadounidense que es profesora de sociología en la Universidad Internacional de Florida, en Miami.

“Raúl va poco a poco porque sabe lo que le espera”, dijo. “Están siendo conservadores porque quieren conservar el poder”, agregó.

En general, los cubanos expresan satisfacción por el cambio. A algunos les gusta la idea de poder trabajar por su cuenta, con la oportunidad de ganar más que lo que le proporcionan los bajos salarios que paga el Estado. El sueldo promedio cubano subió ligeramente en el 2011 al equivalente de 19 dólares al mes.

Aunque la mayoría dice que el cambio es necesario, también está preocupada de que una dosis alta de capitalismo le haga perder la cobertura que recibe a través de la seguridad social.

El Gobierno cubano garantiza a todos la vivienda a muy bajo costo o gratis, entrega una canasta básica de alimentos mensual fuertemente subsidiada y ofrece servicios de salud y educación gratuitos.

Cuba, que nacionalizó todos los negocios en los años posteriores a la revolución, abrió ligeramente las puertas a la empresa privada en la década de 1990, cuando el colapso de su benefactor la Unión Soviética provocó una grave crisis económica.

Cuando ese momento sombrío, conocido en Cuba como el “período especial”, comenzó a ceder, el Gobierno puso freno a la iniciativa privada que había surgido y usó costosas regulaciones que llevaron a que muchos cuentapropistas dejaran el negocio.

Esta vez, los líderes del Gobierno han asegurado que las reformas no tienen carácter temporal.

“No estamos poniendo parches ni improvisando, si no buscando soluciones definitivas a viejos problemas”, dijo el vicepresidente cubano, José Ramón Machado Ventura, de 81 años, en un discurso en la central provincia de Ciego de Avila en julio pasado.

Para Philip Peters, un experto sobre Cuba del Lexington Institute en Virginia, Estados Unidos, “es más profundo, su alcance es mucho mayor y el objetivo más ambicioso”.

“En la década de 1990 la meta era hacer algunos ajustes al modelo para salir a flote (....) Esta vez se están haciendo cambios en el modelo”, agregó.

Los nuevos emprendedores de Cuba enfrentan retos comunes al resto de sus pares en todo el mundo y también desafíos propios de un país donde la iniciativa privada fue prohibida durante medio siglo. A muchos les falta capital y experiencia y sus clientes tienen un limitado poder adquisitivo.

Un viceministro cubano del Trabajo dijo recientemente que los emprendedores están fuertemente concentrados en la elaboración y venta de alimentos, transporte de carga y pasajeros y otros trabajan como empleados contratados.

Dos tercios de ellos no tenían empleo cuando empezaron sus negocios, según datos oficiales. Un informe de la televisión estatal indicó que el 16 por ciento son jubilados.

Oscar Oquendo, ex empleado estatal agrícola, tiene 78 años. Es un hombre alto, de pelo canoso y rostro marchito, que vende pasteles elaborados en su casa mientras camina por una céntrica calle de La Habana.

Como muchos de su generación dice ser fiel a los hermanos Castro y al comunismo, pero necesita dinero para completar su pensión mensual equivalente a unos 10 dólares.

Oquendo vende sus pasteles por un peso cubano o 4 centavos de dólar cada uno. Sin mediar palabra, saca uno de su bolsa, se lo muestra a un sorprendido cliente potencial, le mira a los ojos y espera una respuesta.

Y su método funciona. Dijo que está ganando 33 dólares al mes.

“Estoy muy feliz con esto. Me ayuda a mí y ayudo a mi país”, dijo Oquendo mientras se preparaba para enfrentar a otro transeúnte.

INSEGURIDAD Y LARGAS HORAS

El éxito ha sido más esquivo para Rafael Barrios, quien vende artículos de plomería en un punto de la Avenida de 10 de Octubre, donde el polvo se arremolina sobre edificios centenarios.

A sus 42 años se pregunta si debería haber dejado su puesto en un almacén estatal. Lo están agotando las largas horas que dedica a ganar un poco más de dinero y la inseguridad que le genera su trabajo actual.

“Al menos allí no tenía que trabajar muy duro y me pagaban todos los meses”, se quejó detrás de su mesa de venta situada entre construcciones abandonadas.

Pero con el Gobierno recortando plazas, su caso no tiene retorno y más bien está buscando nuevos lugares para su negocio.

Arle Toro Pérez, un vendedor ambulante de objetos de cuero, de 58 años, enfrentó el mismo dilema de Barrios.

A Toro le costaba vender sus cinturones, carteras, llaveros y billeteras mientras esperaba a clientes sentado en una silla plegable.

Aunque ganaba alrededor de tres veces más que los 13 dólares que cobraba al mes en un empleo estatal al que renunció, dijo que sus ingresos le alcanzaban apenas para sobrevivir. Los impuestos son altos y el negocio más lento de lo que esperaba. Algunos días no vendía nada, afirmó.

Luego se mudó a un sitio frente al hotel Habana Libre, que abrió en 1958 como el Havana Hilton, y le fue mejor. Hubo más turistas y más ventas. Hoy en día tiene un inventario mucho más grande y sonríe.

“Algunos días estoy haciendo el doble del dinero que hacía en el otro lugar. Puedo cuidar mejor de mi familia”, dijo.

Algunos de los nuevos empresarios están aprovechando los límites establecidos por el Gobierno y les va bien.

Alex, que habló con la condición de que su apellido no fuera usado, era un arquitecto antes de descubrir la rentabilidad de la “piratería”. Actualmente vende discos de DVD copiados en una deslucida tienda que improvisó en el centro de La Habana.

Se mueve entre la gente que examina su selección de películas, entre las que destacan los últimos estrenos de Hollywood. Uno de sus clientes observó la copia de “Killer Elite”, protagonizada por Robert De Niro y Clive Owen, y luego la devolvió.

Tiene su negocio desde hace años, pero antes de las reformas la tienda era ilegal, aunque no las violaciones de derechos de autor. En Cuba, las leyes de derechos de autor son ignoradas y se exhiben películas piratas en cines y en la televisión estatal.

Ahora, Alex se está diversificando, expandiendo, y para los estándares cubanos está haciendo una buena suma de dinero, cerca de 80 dólares por día.

“Tengo otros dos puntos de ventas como este y con el dinero que estoy acumulando quiero empezar un negocio de alimentos”, dijo. “Tengo una casa grande con cuatro dormitorios y dos autos”, agregó.

APROVECHANDO EL TURISMO

Gran parte de la iniciativa empresarial privada está dirigida a la lucrativa industria del turismo. En la ciudad colonial de Trinidad, 285 kilómetros al sureste de La Habana, la pareja que forman Osmary y Alberto abrió un negocio por necesidad.

A finales del 2010, poco después de que Raúl Castro anunciara la apertura a los permisos para desarrollar negocios por cuenta propia, el restaurante donde trabajaba Alberto cerró. Entonces, pintaron su casa de un luminoso color naranja y la convirtieron en un hogar para huéspedes en el que alquilan habitaciones a turistas.

Uno de sus primeros clientes elogió el lugar en el sitio de internet dedicado a viajeros TripAdvisor.com, y desde entonces siempre ha estado repleto. La pareja comenzó con dos habitaciones, se amplió a cuatro y ahora quiere añadir otro cuarto y tal vez una piscina. Además, un chef cocina para los huéspedes.

“Estamos más cómodos”, dijo Alberto, quien no quiso divulgar cifras. Elogió las reformas por dar a los cubanos la oportunidad de vivir mejor. “La gente tiene muchas ideas”, agregó.

Los negocios nuevos más extendidos son los restaurantes o “paladares”, como se conocen en Cuba, cuya cantidad aumentó en el último año. El uso del término “paladar” surgió tras la transmisión años atrás de una popular telenovela brasileña cuya protagonista abrió una cadena de restaurantes con ese nombre.

Expatriados y visitantes solían quejarse de la poca cantidad de lugares para comer que existían en La Habana. Ahora tienen cada vez más opciones.

Una búsqueda en internet mostró una lista de 93 paladares en los distritos de La Habana que han sido visitados por residentes extranjeros y muchos turistas. Algunos de ellos surgieron en la década de 1990, pero los últimos han abierto tan rápido que todavía no están registrados.

La provincia oriental de Santiago de Cuba contaba con cuatro locales de este tipo antes de las reformas. Ahora hay 104.

En el mismo período, el número total de trabajadores por cuenta propia en la provincia pasó de 8.000 a 25.800.

Muchos de los nuevos paladares son de alto nivel y llevan nombres elegantes como Le Chansonnier, El Partenón y El Café Laurent. Por lo general están en casas bien restauradas, con una decoración de lujo y sus precios son altos.

Platos como “filet mignon” con salsa de pimienta, langosta a la parrilla, pato asado y pescado con vino blanco han reemplazado a las típicas comidas cubanas a base de arroz, frijoles y carne de cerdo.

Algunos propietarios de negocios se quejan de que no han cumplido con sus expectativas y de que los impuestos son altos.

Los emprendedores deben pagar el 10 por ciento de impuesto sobre las ventas cada mes, un abono mensual que varía según la profesión y un gravamen sobre la renta anual que también cambia, pero es de un 50 por ciento para los paladares.

El Gobierno dice que mantiene los impuestos altos porque necesita el dinero y no quiere que sus reformas provoquen diferencias de clases, con algunas personas acumulando grandes riquezas.

VENTAS INMOBILIARIAS AL ALZA

Pero el mercado inmobiliario, autorizado por el Gobierno podría ser una fuente importante de capital para los cubanos, con el potencial para aumentar los niveles de vida e inyectar dinero en la economía.

Cuba cuenta con miles de millones de dólares en bienes raíces que podrían convertirse en activos líquidos, y los precios ya están subiendo.

“Es elevada la cifra de propietarios de viviendas en Cuba, alrededor del 85 y 90 por ciento”, dijo Antonio Zamora, un abogado cubano-estadounidense que viaja a la isla con frecuencia y conoce las leyes de inversión.

A los cubanos que se quedaron, la revolución les permitió mantener sus casas. Con los años, a través de las leyes destinadas a acabar con el mercado de bienes raíces con fines de lucro, los inquilinos pudieron quedarse con sus propiedades.

La venta de casas fue prohibida y sólo se permitieron las llamadas “permutas”.

“Estas reformas están dando poder a los cubanos propietarios de viviendas que ven subir el valor de sus casas”, agregó Zamora.

El interés en comprar y vender viviendas es muy elevado. Una revisión reciente mostró 11.025 anuncios en el sitio revolico.com, un mercado de internet para cubanos, con precios que van desde unos pocos miles de dólares para pequeños apartamentos hasta varios cientos de miles por casas espaciosas construidas antes de la revolución.

En el Paseo del Prado, una céntrica avenida en La Habana, agentes informales dicen que la venta de las propiedades más baratas en los mejores barrios ha sido tan rápida que las ofertas se están agotando.

El Gobierno cubano ha dicho que tiene un déficit de 600.000 viviendas y la mayoría de los extranjeros están excluidos de la compra de propiedades en la isla.

José León, un obrero estatal jubilado, dijo que rechazó la oferta de un europeo que le ofreció 100.000 dólares por su apartamento de la década de 1950 de tres dormitorios en el exclusivo barrio de Miramar, en La Habana. León no quiso pagar la cuota del 10 por ciento por comisión a los agentes y cree que los precios subirán.

Muchos consideran que si bien mantener a flote el comunismo es la meta del Gobierno de Raúl Castro, sus reformas no van lo suficientemente lejos como para conseguir hacer una gran diferencia en sus vidas.

Otros piensan que lo hará, pero poco a poco. Castro ha dado un plazo de cinco años para implementar su plan a fin de evitar cometer errores.

Los escépticos critican que el Gobierno todavía decide cuántos hogares puede tener la gente y cuántas sillas en sus restaurantes. Se han establecido 181 trabajos en los que se permite la autogestión, pero todos deben estar autorizados para ejercerlos.

Alex, el vendedor de discos piratas, sin embargo, argumenta que los cambios han colocado a Cuba en un camino sin retorno.

“Hace tres años ni siquiera se podía pensar en tener teléfonos celulares, ahora tenemos teléfonos celulares. Durante años no pudimos vender las casas, ahora podemos vender casas. Desde hace años no hemos podido comprar un auto, ahora podemos comprar un auto”, comentó.

“Y ahora podemos tener un negocio. Son pequeños, son microempresas, pero es tuyo y depende de tu capacidad, tu esfuerzo, tu tenacidad”, agregó.

Reporte adicional de Nelson Acosta y Rosa Tania Valdés en La Habana y de David Adams en Miami

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