3 de mayo de 2013 / 15:28 / hace 4 años

ENFOQUE-Inflación de alimentos en Brasil: la culpa no es sólo del clima

Por Caroline Stauffer y Silvio Cascione

SALTO, Brasil, 3 mayo (Reuters) - Brasil, una superpotencia agrícola con abundantes tierras fértiles, está teniendo problemas para ofrecer a su población alimentos a precios accesibles.

Para entender el motivo, tomemos el caso del tomate.

El precio de la fruta roja se disparó un 122 por ciento en marzo frente al mismo mes del año anterior y fue portada de dos revistas de circulación nacional.

La prensa denunció el tráfico de tomates desde Argentina y los brasileños, indignados, comenzaron a preguntarse cómo es posible que un alimento cueste más en el trópico que en la gélida Alaska.

La producción brasileña de productos agrícolas exportables como la soja, el maíz, el azúcar o el café está creciendo más rápido que en ninguna otra parte del mundo y nadie teme una inminente escasez de alimentos en un país tan rico en recursos naturales.

Pero la mayor economía de América Latina está volviéndose cada vez más escenario de dos políticas agrícolas opuestas.

Los cultivos de exportación son un modelo de suceso tecnológico y alto rendimiento, mientras las granjas responsables por alimentar a la creciente clase de consumidores continúan siendo pequeñas operaciones familiares, igual que hace décadas.

Acosadas por las deudas, vulnerables a las inclemencias del tiempo y expulsadas de sus tierras por los cultivos de materias primas, estas granjas son el primer eslabón de una larga cadena de ineficiencias que hacen subir los precios de los alimentos en un país traumatizado por una larga historia de inflación fuera de control, complicando los esfuerzos de la presidenta Dilma Rousseff por retomar el crecimiento económico.

"Brasil sólo está preocupado por la agricultura que afecta nuestra balanza comercial", dice Cyro Cury, que cultiva 10 tipos de tomates en una granja en las afueras de Sao Paulo, la mayor ciudad de América Latina.

"No hay estrategia, no hay estadísticas regionales. No merecemos ser llamados la huerta del mundo, no tenemos las políticas adecuadas para eso", dijo mientras examinaba tomates recién cosechados en una decena de invernaderos de su granja.

Algunos de los problemas que enfrentan las pequeñas granjas en la periferia de las grandes ciudades de Brasil, como la falta de mano de obra e ineficientes sistemas de transporte, son también sentidos por la industria manufacturera y los emprendedores.

Forman parte del llamado "costo Brasil" que asfixia el crecimiento económico y encarece los negocios en esta nación de 194 millones de habitantes.

El Gobierno brasileño culpa de la reciente escalada de los precios del tomate, las cebollas y zanahorias -que contribuyeron a que la inflación perforara en marzo el techo de la meta oficial por primera vez en un año y medio- a factores estacionales fuera de su control.

"Hay problemas climáticos en algunas regiones", dijo el secretario de Política Agrícola de Brasil, Neri Geller, sugiriendo que los precios caerán pronto. "Tenemos políticas bien definidas para esos productos mediante líneas de crédito e intervención a través de precios mínimos".

Pero existe un creciente consenso entre granjeros y economistas de que asuntos estructurales más profundos, no sólo las lluvias irregulares, vuelven a Brasil vulnerable a la oscilación de los precios de los alimentos en momentos en que pocos otros países comparables están preocupados con la inflación.

Igual que en muchas naciones en vías de desarrollo, en Brasil los alimentos todavía representan una parte importante del índice de precios al consumo -un 22 por ciento- y las frutas y vegetales son consumidas por personas de todas las clases.

FALTA DE MANO DE OBRA

Uno de los principales factores detrás de los elevados precios de los alimentos es la falta de mano de obra en una nación que goza actualmente de empleo casi pleno.

Tras años de fuerte crecimiento, las compañías de servicios sedujeron a trabajadores menos calificados con mejores condiciones y menores cargas horarias, a menudo en ambientes con aire acondicionado en vez del abrasador sol de los campos.

"Hoy los trabajadores que más escasean en Brasil son los que no están capacitados. Los trabajadores agrícolas viven en las afueras de las ciudades y tienen otras oportunidades", dijo Mauro Lopes, un agrónomo del centro de estudios Fundación Getulio Vargas en Río de Janeiro.

A diferencia de las grandes plantaciones de soja y caña de azúcar principalmente mecanizadas, bien capitalizadas y a menudo administradas por compañías extranjeras, un 60 por ciento de las granjas de vegetales de Brasil son familiares y dependen del trabajo manual.

Cury, el cultivador de tomates, dijo que la escasez de la fruta y los precios récord de la temporada obedecen principalmente a una epidemia de un hongo, menores cultivos a medida que los granjeros están saldando sus deudas y una creciente dificultad para encontrar mano de obra.

A él, por ejemplo, le hubiera gustado plantar tomates en otros ocho invernaderos esta temporada para satisfacer la creciente demanda en Sao Paulo. Pero no logró encontrar trabajadores adicionales por un salario de aproximadamente 1.000 reales (500 dólares) al mes.

La tierra para cosechas que no son exportadas escasea cada vez más. Según datos de la agencia oficial de estadísticas IBGE, el área plantada con arroz y frijoles, alimentos básicos de la dieta brasileña, cayó un 30 por ciento desde 1990, cuando la población era un 25 por ciento menor.

En el estado de Sao Paulo, el motor de la economía brasileña con unos 40 millones de habitantes, los campos de caña y naranjos dominan el paisaje. El azúcar y el concentrado de jugo de naranja son exportaciones claves en Brasil.

"Hay una clara división en la agricultura brasileña", dijo João Pedro Stedile, un economista y líder del Movimiento de los Sin Tierra brasileño. "Hay 16 millones de trabajadores en las granjas familiares. Tienen apenas un 15 por ciento de la tierra, pero producen un 80 por ciento de lo que se consume domésticamente".

Cury y otros granjeros no pueden alejarse demasiado de las ciudades en busca de tierras y mano de obra más barata, como sus colegas dedicados a plantar soja y maíz, porque sus vegetales se echarían a perder antes de llegar al mercado.

"Las restricciones de transporte son un problema crónico en Brasil", dijo Geraldo Barros, un profesor de la Universidad de Sao Paulo en Piracicaba. "Perjudican directamente a los productores. Gran parte del peso recae sobre ellos, a través de menores precios (en las granjas)".

Aunque los precios de los tomates en los supermercados de Brasil han caído ligeramente desde marzo, cuando llegaron a 8 dólares por kilo -o más que en Alaska-, los precios de la cebolla continúan a unos 3 dólares por kilo, el doble que en la Ciudad de México y tres veces más que en Lima.

Además de los costos laborales, la tierra y el transporte, la historia de la inflación de alimentos en Brasil tiene otra explicación: la gran brecha entre los precios mayoristas y al consumo. A medida que los brasileños festejan su nueva seguridad laboral, da la impresión de que siempre hay alguien dispuesto a pagar precios exorbitantes por bienes y servicios.

"Un poder de compra más fuerte hizo a las compañías pasar los crecientes costos a los consumidores y también los inhibió a la hora de bajar los precios cuando los costos empezaron a caer en las granjas", dijo Mauricio Nakahodo, un economista del Bank of Tokyo-Mitsubishi en Sao Paulo.

Aunque los productores de tomates aplaudieron el alza de precios, Cury dice que no se está volviendo rico. El vende una caja de los tomates comunes y corrientes por 3,5 reales y en los supermercados cuestan cuatro veces más caros.

La pequeña participación en las ganancias limita la capacidad de los granjeros de aumentar la producción de alimentos para los brasileños y promete un ciclo de elevados precios en los próximos años. A menos que algo cambie.

"Si no adoptamos políticas para los cultivos de pequeña escala y garantizamos los nutrientes vamos a tener grandes problemas en 10 años", dijo.

1 dólar = 2,00 reales Reporte adicional de Alexandra Alper en Ciudad de México y Mitra Taj en Lima; editado en español por Esteban Israel

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