16 de abril de 2012 / 20:23 / hace 5 años

COLUMNA-Obama y la fallida guerra contra las drogas: Debusmann

Por Bernd Debusmann

WASHINGTON, 16 abr (Reuters) - Mucho antes de que estuviera en posición de cambiar las políticas de su país, Barack Obama tenía visiones firmes sobre un problema complejo: "La guerra contra las drogas ha sido un fracaso absoluto. Necesitamos repensar y despenalizar nuestras leyes sobre la marihuana. Necesitamos repensar cómo estamos conduciendo la guerra contra las drogas".

Eso fue en enero del 2004, durante un debate en la Universidad Northwestern, cuando competía por una banca en el Senado de Estados Unidos. Para asegurarse de que su audiencia estudiantil entendiera su posición sobre el controvertido tema, agregó: "Actualmente, no estamos haciendo un buen trabajo".

Para muestra de un clásico giro, adelantémonos a abril del 2012 y a la cumbre en la ciudad colombiana de Cartagena de líderes latinoamericanos, muchos de los cuales han criticado abiertamente la guerra contra las drogas dirigida por Estados Unidos.

Más de tres años después de asumir la presidencia, Obama dejó en claro que no está a favor de legalizar las drogas o modificar las políticas que tratan a los consumidores como criminales.

"No me importa un debate alrededor de temas como la despenalización", dijo en la cumbre en Cartagena. "Yo personalmente no estoy de acuerdo en que esa sea una solución al problema", aclaró.

La despenalización significa eliminar las sanciones penal al uso de drogas. No es lo mismo que la legalización que, en su forma más pura, significa la abolición de todas las formas de control gubernamental sobre las drogas.

Obama también está en contra de eso. "No creo que la legalización de las drogas vaya a ser la respuesta", declaró.

Entonces, ¿cuál es la respuesta? En su primer año de mandato, Obama habló de hacer más hincapié en la reducción de la demanda -Estados Unidos es el mercado más rico para las drogas ilícitas- y menos en la aplicación de leyes punitivas que llenaron las cárceles del país con criminales de la droga y ayudaron a convertir a la nación en el máximo carcelero del mundo.

El país norteamericano tiene el 5 por ciento de la población mundial y el 25 por ciento de los presos de todo el mundo.

Pero el rebalanceo y replanteamiento sobre lo que Obama mencionó antes y después de convertirse en presidente han sido meramente retóricos. Su Gobierno no ha puesto dinero en lo que dijo.

Aquellos que se quejan de que el Gobierno de Obama no está haciendo lo suficiente para reducir la demanda pueden apuntar al proyecto de Presupuesto Nacional para el Control de Drogas para el año fiscal 2013, que comienza en octubre.

La designación de fondos es bastante similar a la de los Gobiernos de George W. Bush y Bill Clinton: casi 40 por ciento para programas destinados a contener la demanda y tratar a adictos y el 60 por ciento para aplicar leyes antidrogas, estrangular el narcotráfico a lo largo de la frontera con México y financiar la erradicación de cultivos de droga en América Latina y Asia.

La propuesta de presupuesto para el 2013 asigna el 41,2 por ciento para la reducción de la demanda y el 58,2 por ciento para la aplicación de leyes. En otras palabras, más de lo mismo: políticas impuestas desde que el presidente Richard Nixon declaró la guerra contra las drogas en 1970.

La evaluación de Obama sobre esas políticas en el 2004 -"fracaso absoluto"- es compartida por muchos a pesar de que él ya no piensa lo mismo y que miembros de su equipo, como la secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, insiste en que el viejo enfoque está funcionando.

UNA GUERRA BILLONARIA

Según algunas estimaciones, la guerra contra la droga hasta el momento ha costado cerca de un billón de dólares. ¿Qué ha logrado ese enorme gasto? Muy poco.

De acuerdo al último "Sondeo sobre Uso de Drogas y Salud" del Gobierno, más de 22 millones de estadounidenses -casi un 9 por ciento de la población- usó drogas ilegales en el 2010, desde el 8 por ciento en el 2008.

Esa demanda y las vastas ganancias derivadas de ella han provocado una violencia feroz en la frontera sur de Estados Unidos. En México solamente, cerca de 50.000 personas han muerto en los últimos seis años por la lucha de los cárteles de droga entre sí -por el acceso a las líneas del suministro al mercado estadounidense- y contra el Estado mexicano.

La violencia avivada por la droga no se restringe a México. Según Naciones Unidas (ONU), ocho de los países más violentos del mundo están en América Latina. Los pequeños Estados de Centroamérica, usados como corredores para el tráfico hacia el norte, son particularmente vulnerables. Honduras actualmente tiene la mayor tasa de asesinatos del mundo. Guatemala no está muy lejos.

Eso explica por qué el presidente guatemalteco, Otto Pérez, ha emergido como el defensor más acérrimo de la necesidad de encontrar nuevas formas para lidiar con el viejo problema. Pérez, un ex general del Ejército, tiene una reputación impecable como paladín antidroga. Al igual que el anfitrión de la cumbre en Cartagena, el presidente colombiano Juan Manuel Santos, un ex ministro de Defensa.

Sus posiciones reflejan los argumentos de un panel de figuras de alto perfil que publicaron una crítica devastadora a la guerra contra la droga en junio pasado. Salió en los medios de todo el mundo, pero aparentemente no logró convencer al Gobierno de Obama.

"Vastos recursos para la criminalización y medidas represivas dirigidas contra los productores, traficantes y consumidores de drogas ilegales han fracasado en limitar efectivamente el suministro y el consumo", dijo la Comisión Global sobre Política de Drogas.

"Las aparentes victorias al eliminar una fuente u organización traficante son negadas casi instantáneamente por la emergencia de otras fuentes y traficantes", agregó el reporte. "La (...) escala global de los mercados de drogas ilegales -ampliamente controlados por el crimen organizado- ha crecido dramáticamente". El informe fue elaborado por ex líderes de gobiernos, entre ellos tres ex presidentes latinoamericanos y un ex secretario general de la ONU.

Muchos de los que proponen reformas en la política de drogas en Estados Unidos y el resto del mundo ven el hecho de que los llamados al cambio ahora provienen de presidentes en ejercicio (y no de ex mandatarios) como una señal de que el fin de la guerra contra las drogas está a la vista.

Quizás. Pero los optimistas partidarios de la reforma deberían recordar que existe un arraigado complejo mundial antidroga que provee empleo a miles de personas, desde agentes antinarcóticos hasta analistas de inteligencia y guardianes de cárceles. La agencia estadounidense antidroga tiene 10.000 empleados y oficinas en 63 países.

Ese sistema tiene un interés creado en mantener el statu quo. Al igual que con otros conflictos, la guerra contra las drogas fue más fácil de empezar que de terminar.

Puede contactar al autor en debusmann@reuters.com Editado en español por Silene Ramírez

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