28 de marzo de 2011 / 17:38 / en 7 años

REPORTE ESPECIAL-Juegos Olímpicos de Brasil, lejos del oro

* Obras signadas por corrupción, accidentes y regulaciones

* Mundial y Juegos Olímpicos despiertan preocupación

* Temen que solo la mitad de los planes se concreten

Por Brian Winter

SAO PAULO, mar 28 (Reuters) - Son las 20.00 horas en el congestionado aeropuerto internacional de Sao Paulo y como todos los asientos a su alrededor están ocupados, Marvin Curie decide copiar lo que hacen muchos otros viajeros de negocios en el lugar: sentarse en el suelo.

Eso, claro, hasta que un misterioso líquido color café comienza a acercarse desde el baño de hombres, ubicado a unos pocos metros de su posición.

“¡Dios mío!”, exclama Curie, mientras se incorpora rápidamente y palpa la parte trasera de sus pantalones para comprobar si están manchados.

“Odio este lugar”, dice el ejecutivo de una farmacéutica estadounidense, señalando la pintura descascarada, las luces fluorescentes que tintinan y, sobre todo, la multitud. “Uno creería que a estas alturas un país como Brasil ya habría arreglado esto”.

Escenas como esta deberían, en teoría, ser ya cosa del pasado.

Brasil planea concretar en esta década proyectos de construcción por más de 1 billón de dólares para modernizar sus lamentables aeropuertos, carreteras e infraestructura en general, un ambicioso boom que dejará listo al país para ser el Mundial de fútbol 2014 y los Juegos Olímpicos 2016, además de ofrecer oportunidades a la inversión foránea y asegurarle un lugar entre las economías emergentes más dinámicas del mundo.

Ese es el sueño, pero las expectativas están siendo ajustadas rápidamente.

Los grandes planes de infraestructura podrían quedar muy por debajo de las ambiciones de la presidenta Dilma Rousseff, según una investigación realizada por Reuters, que incluyó unas veinte entrevistas con líderes políticos, inversores y entidades dedicadas a vigilar el gasto público.

Hasta los principales asesores de Rousseff están comenzando a dudar.

“Tenemos que comenzar a controlar las expectativas de la gente”, dijo el ministro de Deportes, Orlando Silva, que supervisa los preparativos para la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos. “La idea de que en apenas cuatro años vamos a compensar 30 años sin inversiones en infraestructura probablemente nunca fue realista”.

Numerosas iniciativas de alto perfil están siendo víctimas de de la corrupción endémica, el exceso de regulaciones, fondos insuficientes, y sobre todo, una notable falta de liderazgo y de conocimiento.

Según cálculos independientes, menos de la mitad de los proyectos de gran porte serán terminados a tiempo.

A menos que Rousseff y su equipo actúen velozmente, los inversores podrían tener que replantear sus optimistas estimaciones de largo plazo para el país. Los retrasos también siembran dudas sobre las expectativas depositadas en mercados emergentes como India o Sudáfrica entre otros, que luchan por satisfacer la demanda de su creciente clase media pero sin contar con la capacidad de China para implementar soluciones rápidas y autoritarias.

Hay tantas obras retrasadas que Pelé, la leyenda del fútbol brasileño, advirtió que Brasil corre el riesgo de “avergonzarse a sí mismo” durante la Copa Mundial.

El estadio de Sao Paulo donde se disputará el primer partido del Mundial ni siquiera comenzó a construirse, lo que generó un roce público con la FIFA. Pero ese es sólo el problema más visible. Según observadores, si Brasil no logra avanzar a un ritmo al que hasta ahora no demostró ser capaz, la intensa demanda prevista para la Copa podría hacer colapsar al tráfico terrestre, el aéreo y las comunicaciones.

Silva escucha las advertencias y se preocupa. El único ministro del gabinete de Rousseff perteneciente al Partido Comunista está en la inusual posición de ser uno de los mayores promotores de la inversión privada del país, con una agenda plagada de reuniones con gobernadores y alcaldes para destrabar cuestiones legales, regulatorias y a veces culturales, que impiden los avances.

Y no todo marcha como desearía.

“La gente se está dando cuenta de que nos estamos quedando sin tiempo (...) que necesitamos hacer más y más rápido”, dijo Silva. “Pero los recursos son escasos. Y el trabajo es difícil”.

Como para ilustrar su argumento, Silva relató que durante una entrevista en un restaurante de Sao Paulo, se topó con un senador del estado nordestino de Ceará, a quien había visto el día anterior en una dura reunión sobre la Copa Mundial.

-“Entonces”, dijo el senador Inacio Arruda, sonriendo “¿tendremos Copa o no?”.

-“¿Estás preocupado?”, preguntó Silva.

-“Ustedes me están haciendo preocupar”, dijo el legislador.

-“Todo va a salir bien”, repuso Silva, dándole una palmada en la espalda. “Pero vamos a necesitar ayuda”.

Quizá al final de cuentas Silva tenga razón. Pero el dilema real para Brasil se resume en esto: si es tan complicado construir un nuevo estadio o un aeropuerto antes de la Copa Mundial cuando el planeta entero está mirando, ¿qué pasará con otros proyectos realmente importantes? ¿qué pasará con los puertos, refinerías y vías de ferrocarril clave para que el país supere los cuellos de botella que lo separan del ansiado estatus de nación desarrollada soñado para la próxima década?

“No se está discutiendo públicamente, tal vez porque los brasileños prefieren ser optimistas (pero) la verdad es que vemos un importante cambio en las expectativas”, dijo André Glogowsky, presidente de Hochtief Brazil, una de las mayores constructoras del país que desarrolla represas hidroeléctricas y grandes obras de infraestructura. “Simplemente hay muchos obstáculos”.

EL PEOR DE LATINOAMERICA

Nada representa mejor esta problemática que el abarrotado y a menudo inaccesible aeropuerto internacional de Sao Paulo, una obra de los años 80 conocida popularmente como Guarulhos o TK.

La congestión fuera y dentro es tan intensa que a los que visitan la capital de negocios de Brasil les aconsejan salir hacia la terminal al menos cinco horas antes de su vuelo. Los que recorren los 25 kilómetros hasta el aeropuerto, únicamente accesible en automóvil, son recibidos por filas caóticas que serpentean por el edificio, carteles que advierten sobre los carteristas y, claro, también están los desbordes de las cañerías.

Guarulhos consiguió “fácilmente” el primer lugar entre los peores aeropuertos de los 26 más grandes de América Latina en un sondeo realizado en febrero por la revista Latin Trade a viajeros de negocios.

Su congestión obedece, al igual que muchas otras limitaciones que padece Brasil, a su asombros expansión económica. El tráfico local de pasajeros se duplicó en los últimos siete años y creció un 21 por ciento en el 2010, de la mano del ascenso de millones a la clase media, que por primera vez acceden a viajar en avión.

Pero también hay otras explicaciones, y algunas son más sórdidas.

La agencia gubernamental que opera los aeropuertos de Brasil, Infraero, es desde hace mucho una de las entidades más disfuncionales del país. Una tercera parte de sus ingenieros están actualmente suspendidos por sospechas de corrupción y otras irregularidades, dijeron a Reuters tres fuentes con conocimiento de la situación.

Ese personal es crucial para cualquier expansión del área que se desee realizar y su situación ayuda a entender porqué Infraero ya no planea finalizar una gran nueva obra en Guarulhos para mediados del 2014, lo que hubiera permitido gestionar el tráfico de visitantes de la Copa Mundial.

Mientras tanto, el organismo está apenas activo. De los casi 3.300 millones de dólares presupuestados para los aeropuertos en las 12 ciudades sede del torneo, sólo usó un 2 por ciento, según Contas Abertas, grupo que vigila al sector público.

Una de las principales razones de ese freno es que los empleados de Infraero a menudo se niegan a firman contratos de provisión porque muchos de sus colegas han sido procesados en investigaciones de sobornos, dijo Alex Fabiano, jefe de la asociación de empleados del organismo.

“Todos hemos visto familias y carreras destruidas simplemente por sospechas de corrupción”, dijo Fabiano. “Algunos proyectos no avanzan porque nadie quiere poner su nombre ahí”.

Infraero depende del Ministerio de Defensa y desde hace mucho tiempo es un lugar donde los políticos ubican amigos, partidarios y parientes. Fabiano calcula que hasta una reciente purga, cerca de 1.000 de los 13.000 empleados del organismo eran designados por políticos, la mayoría con escaso o nulo conocimiento del área.

La esperanza para Infraero, y para todo Brasil, es que la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos ofrezcan una ineludible excusa para arreglar las cosas en un país pletórico de embotellamientos de tráfico, apagones y kilométricas filas de camiones en los puertos durante las cosechas.

Sin embargo, poco después de la llegada de Rousseff al poder el 1 de enero, algunos funcionarios dijeron que para albergar los visitantes de la Copa del Mundo los aeropuertos tendrían que usar galpones o “módulos”. Y no sólo en Guarulhos.

“Esperábamos que la Copa llevara a una expansión más profunda”, dijo Fabiano. “Es vergonzoso lo que hizo la corrupción”.

Aún así, la ilegalidad no explica todos los problemas de Infraero ni de las otras áreas. Después de todo, el mayor secreto a voces del negocio de la infraestructura es que las calles de Chicago a Pekín fueron pavimentadas eficientemente aceitando funcionarios para acelerar los trabajos.

Conocedores del aparato estatal brasileño dicen que el asunto es mucho más profundo.

”El problema real con Infraero es que es prisionera de este lío (...) de esta parálisis que ves en el sector público“, dijo Sergio Gaudenzi, un ex congresista que estuvo al frente de Infraero entre el 2007 y el 2008. Más que corrupción es la lentitud, la falta de fondos y las restricciones”.

“Este no es un problema exclusivo de Infraero. Es un problema que uno ve en todas partes en Brasil”, añadió.

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